Ella era una niña normal le gustaba el helado de guayaba, los colores fuertes, pisar conchitas a orillas del mar, los tatuajes y los abejorros (no podía creer como algo podía ser tan no aerodinámicos y volar).
Vivía en una casita absurdamente grande estilo inglés pintada de colores pastel como una inmensa torta a la que por los lados se la comía una enredadera tan absurdamente grande como la casa, era tan grande que su timbre sonaba como un barco.
Tenía una Iguana llamada maui que vivía en una pecera tan absurdamente grande como su casa a la que alimentaba con moscas frescas todos los días. Algunos días las aliñaba con sal para que no se aburriera, algo que su iguana agradecía.
Hija del cuarto Matrimonio de su Padre un hombre glotón y adinerado. Con el cual solo compartía el gusto de comer croissants al desayuno y su color de pelo.
La rutina la agradaba, se levantaba con el mismo pie todos los días, recorría la misma trayectoria desde su pieza a la cocina no tenía que esforzarse ya que de tanto hacer todos los días lo mismo había marcado un surco en el piso el cual solo debía seguir.
Tenía una obsesión por los pañuelos no podía sentir que estaba completa sin uno rodeando su cogote, eran prolongaciones de su imaginación y que cada vez que no los usaba perdía un poco.
No tenía los ojos verdes ni azules si no que miel y eran tan brillantes que cada vez que se miraba al espejo debía usar lentes de sol. Su pelo, Normal.
Un día cualquiera de esos ni muy lindos ni muy feos. Se levanto con el mismo pie siguió el mismo surco y llegó a la cocina a comer los croissant preparados con la misma receta. Cuando mira por la Ventana se da cuenta que llegaban cientos de autos con cientos de personas, todas de distintas etnias, algunos diferentes y algunos extrañamente parecidos a ella.
Los matrimonios de su padre habían dado tantos frutos como un damasco hipertrófico en primavera incluso se decía por ahí como siempre se dice por ahí que tenía un hijo en cada país.
Y al parecer todos los países venían a invadirla.



